La árbitra de baloncesto gitana que derriba todos los prejuicios


Lorena Borja Giménez es la única colegiada de esta comunidad en Aragón. La confianza y el disfrute de su actividad han sustituido al miedo inicial que sentía a principios de temporada.





A Lorena Borja Giménez no le gusta estar quieta. Esta zaragozana, apasionada del baloncesto, no se dejó vencer por las adversidades y ha acabado rompiendo moldes gracias a su energía. A decir verdad, ayudan sus 18 primaveras. Tras sufrir diversas lesiones en dedos y muñeca, partes indispensables para cualquier jugador que se precie, y que tan bien utiliza su ídolo Stephen Curry, Lorena decidió a principios de la pasada temporada que no quería despedirse del mundo de la canasta. Había jugado en el colegio Calasancio (Escolapios) y en su instituto antes. Y, ni corta ni perezosa, emprendió con mucha cautela un viaje que ha finalizado a las mil maravillas. Que contribuye a normalizar la práctica deportiva entre las mujeres. Las mujeres gitanas. Sí, Lorena es mujer, gitana y árbitro. Tres colectivos cuyo camino no es siempre el más fácil. Pero la sonrisa que exhibe en la actualidad es la prueba más concluyente del acierto de su decisión.

"Mis amigos me dicen que tengo un carácter muy de árbitro", comenta entre risas. Una faceta de su personalidad que no desentona en comparación con sus aspiraciones futuras: quiere opositar para convertirse en policía nacional. A Lorena le gusta impartir justicia. Dar a cada cual lo que le pertenece. Ni más ni menos. Y, para realizarse, ha optado por no renunciar a un deporte "apasionante" que lo es todo para ella.

La importancia de la familia para la árbitra y su inmersión en el mundo del silbato es significativa. Su padre es quien lleva y trae a esta estudiante –empezará 2º de Bachillerato en septiembre en el IES Pablo Gargallo– a los partidos con notable alegría. "Fue una idea un poco loca, pero me llamaba mucho la atención pitar. Le pedí consejo a mis padres, porque ser árbitro en una familia gitana es algo muy raro. Y, aunque al principio les pillé de sorpresa, me apoyaron. También me dijeron, junto a mis hermanos, que tuviera mucho cuidado, porque me oiría cosas que no me gustarían. Pensé que todo estaba ya en mi mano y que sólo quedaba trabajar, aunque me daba un poco de miedo ser discriminada".

La realidad ha desmontado sus temores, no sin antes haber experimentado un pequeño proceso de adaptación. A decir verdad, los comienzos no fueron miel sobre hojuelas. La labor arbitral puede ser a veces bastante ingrata, pese a realizarse desde la inocencia y la mejor de las intenciones. "Fue duro al principio, me entraron ganas de decir adiós. Traté con personas que... no colaboraban o lo veían raro: padres, algún entrenador, etc. Hubo un par de partidos en los que veía la puerta y tenía ganas de salir corriendo. Igual me veían y recelaban –asegura–. A la mínima se me echaban encima y eso hacía que no pitara. Y, si no pitas, que es tu labor, más se enfadan".

Una aparente bola que, en lugar de aumentar su tamaño, se fue desmontando conforme el tiempo pasó. "Ven cómo trabajas y les acabas gustando. Coges conocimiento y seguridad", explica. Actúa en encuentros de categoría benjamín, alevín e incluso alguno júnior. El Comité de Árbitros de la FAB (Federación Aragonesa de Baloncesto) y el colegiado Carlos Peruga, de la ACB, la ayudaron en los momentos más bajos para continuar esta próxima temporada "con muchas ganas" y el deseo de "seguir mejorando y, ojalá, poder ascender de categoría. Animaría al resto de chicas gitanas a entrenar, a jugar, a arbitrar...". Valga su ejemplo para derribar barreras y desterrar polvorientos prejuicios.



Fuente: Heraldo

Autor: María Soro.




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